Lavando en el río.
Como me fascinan los mapas antiguos, nunca dejo de prestar atención a detalles cotidianos, pero muy importantes, que como "bonus track" o "easter Egg" que conecta con otros aspectos cotidianos o relevantes más allá de la propia intención cartográfica del mapa en cuestión... porque nada es casual, consciente o subconscientemente en cualquier representación gráfica, y más en las antiguas.
De estos documentos gráficos hoy me quedo con un pequeño fragmento, en el que se ve a unas lavanderas holandesas de finales del XVI en la ciudad de Maastrich, o Mastrique en el idioma de Cervantes.
Están en una isla del río Mosa, a la que han ido ellas solas por la mañana en barca para aclarar y poner a secar la ropa, ya hecha la colada. Allí esperarán mientras le da el sol, para su blanqueo. Antes de que se seque completamente una de ellas las regará con agua clara, de el balde que llevan, extendiendo el agua varias veces al día, hasta el final del día.
Porque ahora con establecimientos profesionales de lavado, o lavadora propia en casa, nos olvidamos del arduo y penoso trabajo de lavar la ropa a mano, y de lo que suponía gestionarla y tenerla en condiciones.
Y ya no hablo de la cantidad lavaderos gratuitos que existían por todas partes, cosa moderna de finales del siglo XIX que generó un micromundo social y una subcultura propia en todos los los pueblos y ciudades, sino de antes, cuando se tenía que ir al río, arroyo, charca, pozo o acequia a realizar todo el proceso, como nuestras lavanderas holandesas, o estas lavanderas lavando en el río Monelos, en Coruña.
El proceso llevaba un día o más de duro trabajo en los lavaderos, y acababa con los campos alfombrados de prendas blancas (en su mayoría) propias y del hogar, como se puede ver en esta imagen antigua del puerto de Coruña, en la que al fondo aún se mantenía, orgulloso, el castillo de San Diego.
La cosa de nuestras lavanderas de Maastricht es que quizás no sea tan casual y costumbrista que hayan sido "retratadas" en el cuadro... porque Holanda, con Haarlem como epicentro, fue la que mejor desarrolló las técnicas de blanqueo de la ropa, y muchos comerciantes de diferentes partes de Europa mandaban allí sus tejidos para el blanqueo. Holanda mantuvo este monopolio hasta el siglo XVIII.
De todas nuestras lavanderas (porque era un oficio femenino) quedan recuerdos y fotografías, que muchas veces la sociedad actual ve y no entiende... como si fuera otro idioma, o de otro planeta. Ni siquiera la etnografía muchas veces refleja en sus escritos estos oficios femeninos, como si fueran menores o de menor valor.
En este sentido me alegra ver labores bien hechas, como la publicación de O Oficio de Lavar en A Coruña das Mulleres, de la agrupación Alexandre Bóveda. Una amplia y documentada visión que podéis consultar aquí.
Y así, saltando entre Maastricht y A Coruña, entre fotos y dibujos de todo aquello... ¿Qué queda para la arqueología?
Poco, porque ya ni los lavaderos nos dejan. Apenas los situados en entornos rurales, que el desinterés deja abandonados, sobreviven, deteriorándose poco a poco. Los urbanos acaban (acabaron) en su mayoría como las fuentes de agua que los vieron nacer: anulados por "inútiles" o bajo tierra, para dejar paso al asfalto y al hormigón. Sus historias solo las veremos en fotografías... o en algún cuadro casual, como nuestras (ya) famosas y anónimas lavanderas holandesas.



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