Cuenta atrás: La Caída de Constantinopla.


 

 Mehmet era un chico de 21 años que gobernaba un imperio. quería emular a Alejandro, y decidido a ello, debía conquistar La Ciudad, la mejor manzana que quedaba en el exiguo jardín bizantino de mediados del siglo XV.

Desde el 07 de Abril el ejército del sultán estaba golpeando aquellas magníficas murallas Teodosianas. Todos los asaltos, los bombardeos y los ataques sorpresa habían sido repelidos, no sin importantes bajas por ambos bandos... Se acumulaban ya siete semanas de frustración. La desesperanza sobrevolaba el campamento otomano.

La situación a a finales de mayo era ya crítica, con algunos de los consejeros de Mehmet, como el visir Jalil aconsejándole ansiosamente levantar el asedio, ante el poco éxito y temiendo de la llegada de ayuda cristiana. Las negociaciones con los cristianos asediados dentro de la ciudad también habían fracasado, pidiéndoles un precio imposible de pagar por el pobre imperio de Constantino XI. Quisieran o no, al final pagarían en sangre.

Un consejo celebrado por el Sultán resultó clave en el desenlace final. El día 26 los generales más jóvenes y enérgicos, arribistas y ambiciosos apoyaron al general Zaganos Pachá: no había que levantar el asedio, sino intensificarlo. El sultán aceptó gustoso el ansia de victoria de sus jóvenes comandantes  y sus tropas. la decisión estaba tomada. Los cristianos del campamento turco mandaron flechas a la ciudad con mensajes, dando cuenta del funesto resultado del consejo celebrado. Se iniciaba la cuenta atrás.

Aquel viernes y sábado se intensificaron más que nunca los bombardeos del frente de tierra, que los agotados y a la vez incansables defensores reparaban rápidamente reforzando las brechas de la muralla más que nunca.

Aquella noche, al resplandor de las hogueras los turcos comenzaron a arrojar al foso ingentes cantidades de material de todo tipo, para cegarlo y aprovechar aquellas plataformas recién creadas para acercar su artillería.

El domingo, el batir de los cañones se concentraron en la barricada frente al Mesoteiquion, donde tres certeros disparos del gran cañón del húngaro Orbán derribaron una parte de las defensas, hiriendo con unas astillas al carismático líder genovés Giustiniani, que estaba inspeccionando las defensas. Se tuvo que retirar de primera línea, aunque estaba de nuevo en su puesto antes del anochecer. 

A estas alturas ningún defensor estaba indemne, aunque cualquier herida infringida a los héroes cristianos surtía un gran efecto en la moral en los ciudadanos y defensores de la Nueva Roma. Giustiniani sería uno de ellos, como así sucedería durante el asalto final.

Lunes Mehmet ordenó descansar a su ejército y coger fuerzas para el último asalto.

Y llegó el final. Cuatro días después, martes, la ciudad caería junto con su último emperador. Pisoteados y cubiertos de sangre y escombro los romanos de Oriente desaparecían bajo la media luna. 

La victoria campó a sus anchas, desenfrenada entre la fulgurante dualidad del oro y el fuego, que cerraban una época y tocaban a rebato el verdadero fin del Imperio Romano.

Aunque existía ahora un nuevo (autodeclarado) emperador romano: El Kayzer-i-Rum Mehmet...

Y la Cristiandad tembló, presagiando su fin.

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