La última Jerusalén latina.

Federico II Hohenstaufen consiguió algo inesperado: que en 1228 Jerusalén volviera a manos cristianas por última vez (bueno, por penúltima, porque la última fue en 1917), y sin derramar una sola gota de sangre. Exceptuando la Cúpula de la Roca el sultán de Acre pactó la cesión total a los cristianos de la Ciudad Santa, a cambio de ayuda militar contra sus enemigos. Una cesión un tanto propagandística ya que el acuerdo reflejaba que la ciudad debía quedar abierta a las dos religiones, además de permanecer las fortalezas de alrededor  en manos del sultán.

Por aquella época sobre todos los territorios de Europa y Oriente Próximo pesaba la amenaza de los mongoles, que ya arrasaban Centroeuropa: Hungría, Prusia y Polonia. Cuando parecía que Europa estaba condenada, la presión del los ejércitos conquistadores de la Estepa cesó, gracias a la muerte del Gran Khan y su futura sucesión.
Este "cuasimilagro" también fue un alivio para Tierra Santa, aunque pronto llegó otra amenaza, la llegada de los Corasmios a la zona. Eran una estirpe de origen turcómano que al Sur y Este del lago Aral (La comarca de Cowaresm) habían conseguido fundar un imperio, en tiempos de la Primera Cruzada.

Desplazados por las hordas mongolas, y prestando sus servicios como mercenarios, unos 10.000 jinetes llegaron a Jerusalén en apoyo del sultán de Egipto, arrasandola en Septiembre de 1244. Profanaron el Santo Sepulcro y acabaron con el maestre de los Hospitalarios y cientos de sus caballeros. Como esta nueva amenaza pendía también sobre los sultanatos del próximo Oriente, en virtud de los acuerdos previos se forjaron alianzas para la batalla final, que sucedió en Octubre.

Sucedió en Gaza la decisiva batalla de La Forbie o Hiribya. Enfrentó a Gaulterio IV de Brienne al mando de los cruzados, y musulmanes de Damasco, Homs y Krak, unos 11.000 hombres, frente a las fuerzas ayubíes de Egipto y los Corasmios, mandados por el visir mameluco Baybars, 12.000 hombres en total.

La encarnizada batalla duró dos días, y solo se decidió cuando cayeron los ejércitos de los aliados musulmanes de los francos. Pese al tenaz ataque de la caballería cristiana, el ejército del sultán de Egipto se alzó victorioso, gracias sobretodo al ataque envolvente de la caballería Corasmia. El resultado: 7.500 bajas, entre ellas el arzobispo de Tiro y Armand de Perigord, decimoquinto maestre del Temple. De las órdenes militares tan sólo 33 templarios, 27 hospitalarios y tres caballeros teutones sobrevivieron.

Perecía aquí el último gran ejército cruzado, solo comparable en tamaño al que cayó en los Cuernos de Hattin. A partir de esta fecha nunca más los ejércitos cruzados volvieron a llevar a cabo una ofensiva en Tierra Santa. Esta batalla marcó el inicio del colapso del poder latino en Ultramar, y desencadenó también la séptima Cruzada, el fracaso de Damietta, en Egipto, otra historia para otro día.

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