Bajo tierra: tras los pasos de los mineros del desierto.
Cuando empezamos teníamos dos minas en estudio: el complejo SKP-US015-026-027-028-029-030, (que nos parecía enorme), con más de 200 m de galerías con pilares y cámaras, nichos para lucernas y restos de cerámica, tejido y cordajes... y la SKP-US125: La más grande documentada (en aquella fecha), con más de 388 m de galerías y pozos y una profundidad máxima de casi 33 m, donde localizamos en el fondo varias marcas de la Legio III Cyrenaica, activa en la zona entre los reinados de Augusto y Trajano.
Tras la extracción, los cristales de berilo se separaban manualmente del esquisto, se pulían los bordes y se trataban con aceite de oliva para realzar su color y tapar grietas naturales (una técnica que refieren los autores clásicos y que aún se usa hoy en día).
Los mineros antiguos nos dejaron numerosas huellas a su paso que vamos documentando: lucernarios, grafitos, restos de utensilios como cuerdas, trozos de tela y cuero, fragmentos de cerámica de recipientes de agua (vital en el desierto, y aún más en este infierno subterráneo) e incluso objetos votivos todavía in situ, como una imagen del dios Serapis, gobernante del más allá y propiciador de fertilidad.
Prácticamente nadie volvió a entrar en estas minas hasta nosotros... aunque sí se reactivaron en época moderna: en 1816-19 el francés Frédéric Caillaud redescubrió las minas y las reabrió, por órdenes de Mohammed Alí, con mineros albaneses. También hubo empresas británicas a finales del S. XIX y principios del XX (Streeter & Co.) que abrieron grandes pozos y reabrieron minas antiguas con ayuda de dinamita.
Podéis echarle un vistazo a uno de los primeros artículos que hicimos (de las campañas 2020-2021), pinchando aquí.
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