Bajo tierra: tras los pasos de los mineros del desierto.

Ya vamos preparando una nueva campaña y actuaciones de nuestro proyecto en Egipto, y a veces apetece echar un instante la vista atrás.


Desde el Smaragdos (el monte de las esmeraldas), de donde venían todas las esmeraldas del Imperio Romano, podemos contar ya una larga historia que se inicia probablemente en época tolemaica, que tiene un gran desarrollo en época romana y periodo bizantino temprano, y que perdura en funcionamiento hasta época islámica.

En las tres primeras campañas "mineras" del Sikait Project llegamos a documentar 150 minas en 12 zonas y alrededor de 100 ha de explotación, documentando además sus vías de comunicación, pequeños poblados, necrópolis, santuarios y torres de vigilancia. Hoy el número de minas registradas se ha quintuplicado... y seguimos sumando año a año.

Cuando empezamos teníamos dos minas en estudio: el complejo SKP-US015-026-027-028-029-030, (que nos parecía enorme), con más de 200 m de galerías con pilares y cámaras, nichos para lucernas y restos de cerámica, tejido y cordajes... y la SKP-US125: La más grande documentada (en aquella fecha), con más de 388 m de galerías y pozos y una profundidad máxima de casi 33 m, donde localizamos en el fondo varias marcas de la Legio III Cyrenaica, activa en la zona entre los reinados de Augusto y Trajano.

Los mineros del Smaragdos trabajaban sobre esquistos de flogopita, siguiendo las vetas de cuarzo y pegmatita. Predominan las explotaciones en frentes a cielo abierto, pero cuando la veta seguía, no tenían problema en abrir las numerosas galerías subterráneas que todavía seguimos localizando. Estas galerías son estrechas, enrevesadas y de acceso complicado, lo que obligaba a los mineros a transitar y trabajar de rodillas. Las condiciones no eran fáciles, a las que tampoco ayudaban las altas temperaturas constantes que se alcanzan allí dentro... y no quiero saber cómo puede ser entrar allí en verano. No obstante, también en la medida de lo posible buscaban la comodidad del trabajo a través de la realización de cámaras, escaleras talladas y pozos de conexión de los diferentes niveles superpuestos.

Tras la extracción, los cristales de berilo se separaban manualmente del esquisto, se pulían los bordes y se trataban con aceite de oliva para realzar su color y tapar grietas naturales (una técnica que refieren los autores clásicos y que aún se usa hoy en día).

Los mineros antiguos nos dejaron numerosas huellas a su paso que vamos documentando: lucernarios, grafitos, restos de utensilios como cuerdas, trozos de tela y cuero, fragmentos de cerámica de recipientes de agua (vital en el desierto, y aún más en este infierno subterráneo) e incluso objetos votivos todavía in situ, como una imagen del dios Serapis, gobernante del más allá y propiciador de fertilidad.

Prácticamente nadie volvió a entrar en estas minas hasta nosotros... aunque sí se reactivaron en época moderna: en 1816-19 el francés Frédéric Caillaud redescubrió las minas y las reabrió, por órdenes de Mohammed Alí, con mineros albaneses. También hubo empresas británicas a finales del S. XIX y principios del XX (Streeter & Co.) que abrieron grandes pozos y reabrieron minas antiguas con ayuda de dinamita.

Podéis echarle un vistazo a uno de los primeros artículos que hicimos (de las campañas 2020-2021), pinchando aquí.

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