Eirexa Vella.

Siempre que me vuelco hacia el pasado romano no dejo de intentar recrear escenas de  aquella vida, que a veces nos queda tan cercana que ni nos damos cuenta. En estos pequeños días de asueto, disfrutando de pequeños momentos de sol me imagino a un possesor sobre una galería porticada, o en su balneum (es indiferente) admirando el tranquilo y eterno embate de las olas contra la costa. Su costa, pues está en un punto elevado, un peón blanco lo suficientemente alto y bien situado para disfrutar de unas privilegiadas vistas. Pero lo suficientemente bajo para poder bajar a la playa y caminar hacia sus factorías si lo desea.
Está en un lugar destacado, bebiendo alguna bebida refrescante y viendo los barcos acercarse al puerto,  a cargar mercancías al puerto, donde él también tiene sus negocios.  Y está seguro de que lo ven, pues el así quiso disponerlo, en el punto donde todo barco que va a puerto gira, y admira su maravillosa villa a mare.
Desde allí disfruta de su ludus. El otium es bañarse en las estaciones calientes y disfrutar de los manjares que produce su fundus: aprecia especialmente la carne vacuna, le gusta el pescado y otra delicatessen de aquellos parajes septentrionales: las otras, toda una delicia para el paladar, cuyos excedentes sus empleados comercializan.
Permanece allí, sintiendo los rayos de sol y respirando ese aire puro, limpio de los procesados de pescado de la zona del puerto. Allí permanecerá, dormitando hasta que quizá a la tarde le apetezca ir de caza, otro de los placeres del entorno.

Así, tranquilos, calientes y veraniegos irán pasando los días en el peñón de Eirexa Vella… hasta que el viento la cubra de las arenas del tiempo, y alguien vuelva a esa peña, con otra finalidad…


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