El hallazgo de la Ragazzona.

Aún sigue soñando con ella. Cuando hablo con él se le nota ilusionado al escuchar hablar de su hallazgo. A veces, aún sin conocerlo, noto un atisbo de melancolía cuando me enseña alguna noticia de las que han salido a la luz, en los papeles, en todos estos largos años.

En 1990, cuando recolectaba erizo, como tantos otros días, encontró algo raro: parecía un cañón. Uno tras otro fue viendo varios restos a su alrededor en aquel increíble buceo, sin dar crédito. Eso nunca antes había estado allí. Había encontrado un gigante de madera, dormido desde hace siglos en la ría de Ferrol .

Llegó a puerto y dio aviso a las autoridades competentes de su hallazgo. Y nadie le dijo nada.

Posteriormente volvió a su hallazgo. Quería verlo de nuevo y  llevó compañía. La familia siempre es de fiar.

Entretanto, no se sabe muy bien ni como, la noticia saltó a la prensa.Y como sabemos, cuando esto sucede, la administración actúa. Y a él se le apartó del tema.

En medio, y entretanto a lo largo de los meses, se intentaba sacar ese tesoro. Se quería dejarlo listo en un museo local, o en las vitrinas de la ciudad, con honores. Fue algo que nunca fue.

Y la tristeza poco a poco se introducía en su relato. Con aquel vino, mientras me contaba, se iban agriando las palabras. No pudo ser. Nadie nunca le dijo nada. El proyecto se apagó como una vela. El miedo quizás le hizo no volver en 23 años, que fue el tiempo en que aquel naufragio fue quedando en el olvido, en carpetas, en archivos que nadie pudo o quiso desenterrar. Pero aún, a veces hoy, alguna noche, soñaba con ella.

Hoy Juan José Piñeiro Estraviz es un hombre bueno, que vive de lo suyo y casi ha olvidado aquel tesoro histórico que dejó bajo las aguas. Al igual que él lo dejaron a la intemperie las administraciones, y el olvido y el tiempo fueron arrancando a aquel pecio, poquito a poco, pequeños trocitos de su historia, pequeñas páginas de aquel libro que contaba quien era, y de donde vino.

Ahora, tantos años después, Juan nos cuenta (con los ojos aún brillantes) aquella historia, recordando lo que fue, como fue aquel grandioso hallazgo. Interesados allí, le cuenta a los amigos que se acercan, en una mezcla de timidez y orgullo, que ese es el barco que está allá afuera, el que salió en prensa y si,  él lo encontró hace mucho mucho tiempo...

Se queja, y me dice como su buena acción no recibió ni un pequeño gracias. Ni una carta, nada. No reclamó su premio y tampoco nadie se acordó de él. Incluso temió que pudiera pasarle algo cuando comentamos que lo habían expoliado. Es el miedo lógico de alguien que sabe que hacer el bien a veces sale mal.

Nadie le dio las gracias entonces, y yo se las doy ahora, por ponerse en contacto conmigo. Porque si no hubiera hecho lo que debía hacer entonces nadie hubiera sabido de ese tesoro histórico. Porque si no fuese por él no hubiéramos estado allí el marzo pasado; ni nadie lo hubiera visto y empezado a llamar La Ragazzona.

Le digo lo que alguien me dijo algún día: que tu no escoges el naufragio, él te escoge a ti. Le ha escogido, y ese será para siempre su hallazgo, y su barco. Gracias.


Comentarios

  1. Gracias. O sea, que no es cosa de ahora, que esto ya viene de antes...

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  2. La Historia siempre se repite. A estas alturas ya deberías saberlo, amigo!

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