Caracolas de verano.
Me gustaba recoger aquellas caracolas (o cornos, como se llaman en Galicia) grandes que de vez en cuando encontraba de pequeño en la playa, o en las charcas, donde la marea baja las dejaba. Con nuestro preciado hallazgo recolectado soñábamos a escuchar el mar poniéndolas en el oído y, convencidos de aquel rumor marino, las guardábamos con celo en nuestras casas.
No pensábamos que nuestros tesoros, ligeramente modificados, podían emitir sonido. Porque se usaban desde antiguo como alerta para embarcaciones en días de niebla, para avisar desde las torres de vigía o como llamada desde las propias embarcaciones al detectar los bancos de peces.
En 1715 los mareantes de Ferrol-Mugardos cruzaron su ría y acudieron a pescar ilegalmente en la zona de Ares. No contentos con ello, intentaron vender la sardina capturada en su puerto, a lo que "... al llegar á la villa dichos barcos, salieron los de Ares en asonada tocando bocinas y caracolas de mar, y, á pedradas y á palos, hicieron retirarse á los de Ferrol..."
En el 2005 se excavaba la zona de la muralla oriental de Baelo Claudia y se localizó una tumba tardorromana (S. VI o VII d.C.). Se encontró un individuo masculino con numerosos marcadores ocupacionales en los miembros y en la columna vertebral, y artrosis, de sobrecargar su espalda y de los duros trabajos físicos de flexión y extensión de piernas que realizó en vida; quizás un piscator. El individuo fue inhumado, seguramente amortajado y sin ajuar alguno, como un cristiano. Junto a él, en la cabecera de la tumba, descansaba una caracola.
Fuese o un buccinum o un preciado tesoro, lo entiendo.
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