Los privilegios del Temple.




Uno de los artífices de la Gran Expansión del Temple fue Bernardo de Clavaral, vinculado geográfica e incluso familiarmente a algunos de sus primeros integrantes. Es curioso ver como rápidamente los
caballeros del templo, los monjes soldados, son asimilados dentro de una Iglesia en la que, sobre sus principios teológicos básicos, eran una aberración contra natura.

Y no tuvieron pocos enemigos en ese camino de sus primeros días, pero también poderosos amigos, que le hicieron crecer numérica y económicamente como la espuma. Gracias entre otros a un orador y líder espiritual de su tiempo como Bernardo, triunfaron, se expandieron rápidamente e integraron en sus filas toda una serie de nobles de alta o baja estofa (casi todos no herederos) entrenados como guerreros desde la infancia y con pocas ganas de encerrarse en un convento, a tan solo orar y trabajar.

Si una de las válvulas de escape de aquella sociedad belicosa era el Temple, la otra, sin duda eran las cruzadas. Basta leer uno de los fragmentos que escribió Bernardo de Claraval en su De Laude:

Y para colmo de comodidad y éxito, entre esta multitud que acude a Jerusalén es relativamente fácil encontrar a algunos que han sido criminales e impíos, secuestradores y sacrílegos, homicidas, perjuros y adúlteros [...] sus allegados se sienten felices al verlos partir, del mismo modo que son felices los que los ven acudir en su ayuda.

Un fragmento de tan innecesaria explicación que habla por si solo, y cuyo eco resuena en nuestras guerras. Directamente del Siglo XI al XXI.


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