La arqueología no quiere árboles.

Un axioma un poco pretencioso pero cierto... porque los problemas con árboles siempre se multiplican.
De la visibilidad depende la topografía, de la visibilidad depende la fotogrametría... y el dron. Todas las técnicas visuales. Con árboles sobre el yacimiento todo se va por el retrete.

Quizás sea un bonito paraje natural, pero el yacimiento sufre. Las lentas pero inagotables raíces de los árboles bajan y se extienden por el yacimiento, alterando superficies, rompiendo pavimentos, desplazando estructuras... y moviendo objetos. Al final la alteración que provocan sus raíces es tan grande que pueden llegar a desfigurar por completo un yacimiento. Y eso sin contar si los árboles han sido plantados. El trabajo mecánico que supone plantar es otro serio daño, como pudimos comprobar con una excavación dirigida por Antonio Silva, la primera campaña en el Castro de Salreu, Estarreja, allá por el 2011, donde comprobamos que la maquinaria había destrozado los estratos arqueológicos hasta casi un metro de profundidad. Y la tala es otro tanto de lo mismo, por eso hay que estar al tanto para que no provoque daños, como pasó no hace tanto.

Nos gustan los árboles... pero escapamos de ellos cuanto podemos, para hacer arqueología.


También usamos un nuevo axioma hace años, que en realidad lleva muchísimo tiempo en uso: Los árboles no te dejan ver el yacimiento. Podéis comprobar en estas dos imágenes aéreas: el castro de Viladonga en 2018 y en 1957. se ve que en 61 años da para que crezca muchos árboles. Menos mal que siempre nos quedará en LIDAR.

Lo de los restos que pueda haber debajo ya... tal.




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