Valparaiso. Cambios seculares.

Es curioso observar, a medida que vamos descubriendo estancias y pasillos, muros, soleras y ventanas, como estamos ante un elemento vivo. Un espacio que de muchas maneras nos ha dejado pistas de lo que ha envejecido. Los edificios históricos, al igual que cualquier otro resto susceptible de ser estudiado con metodología arqueológica, no son más que el fruto del paso del tiempo hasta nuestros días.

A menudo se habla del paisaje histórico y la arqueología del paisaje como la visión diacrónica de un espacio o territorio y todo lo que contiene, asumiendo su evolución más o menos constante, y una realidad cambiante, en movimiento. Pero no parece que aquello que asumimos desde esta perspectiva de estudio, trascienda su propia especialidad.

A veces los arqueólogos tenemos la manía de congelar un yacimiento en el tiempo, fosilizarlo en el momento más interesante, relevante o prestigioso y presentarlo como un elemento inamovible desde que en aquella época se formó y/o abandonó. Pero los yacimientos, al igual que los edificios, no son más que la evolución en el tiempo de un espacio, cambiante y móvil que afectan en mayor (sobretodo en contextos urbanos) o menor (sobretodo en contextos rurales) medida a su conservación o el mantenimiento de sus características primigenias o formativas. Parece que a veces no queremos estudiar que le sucede a nuestro objeto de estudio después de su época de esplendor, como si no interesase, como si no valiese la pena. Y si la vale.

Si algo nos está dejando claro el trabajo en el Castillo de Eirís, es que estamos ante un yacimiento en constante evolución, que añade y modifica espacios, estancias y usos a medida que el interés de sus habitantes lo requiere y/o necesita. Deconstruir esas fases constantes de modificaciones y rastrear sus etapas es parte de nuestro cometido en esta fase de trabajo. Viendo como se añadieron cuerpos, anulado puertas, bloqueado o modificado espacios nos hace sentir lo que la historia (y los vecinos) ya nos había confirmado: que se trata de un elemento cambiante, que mutó constantemente al son de todos los que vivieron en sus centenarios muros.



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